La biblioteca de John Connor

Posted on 10 de julio de 2012 por

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John Connor  vive en 2029, es un hombre normal, un líder cercano que procura tener ratos de ocio y estar informado;  su mundo está dividido en zonas que domina Skynet  y otras donde los hombres han logrado reproducir su vieja civilización. Le gusta reunirse con sus amigos, sobre todo para hablar de los últimos secretos arrancados a las máquinas sobre la estructura de los Terminator o de la última historia que han leído… Hace años ya que casi todo el conocimiento lo tiene Skynet y que los hombres mantienen unos locales a los que llaman bibliotecas en los que se encuentran, desde donde arrancan secretos de las mismas entrañas del sistema enemigo con artimañas informáticas, donde guardan la memoria de lo que fueron e incorporan la de lo que son ahora…  En plena batalla contra Skynet, cuando todo esta en la nube, cuando se ha digitalizado todo el papel y sólo se produce –aun sin querer- literatura en código binario, cuando con un parpadeo se accede al conocimiento universal desde casa… ¿para qué quieren esos usuarios una biblioteca?

Incluso sin llegar a la visión apocalíptica de la existencia humana que refleja Terminator, creo que en 2029 todavía necesitaremos un edificio para conectar algo que no lleva cables (de momento, hasta que llegue Matrix): las personas. Así pues, y muy brevemente, pienso que necesitaremos una biblioteca para:

– Alfabetización informacional digital.

Nadie nace sabiendo y aunque el sistema educativo nos sumerja en los secretos de la navegación por Internet, pienso que todavía habrá personas que por carencias educativas, por desidia o por imposibilidad de acceso a la educación van a necesitar un espacio y unos profesionales que les ayuden a ser ciudadanos digitales con plenos derechos.

– Puestos de acceso no restringido a la Red en cantidad.

Por el camino que llevamos quizá las grandes corporaciones se hagan con el control y terminemos votando a  Mercadona, Procter&Gamble o Ferrari. Quién sabe si será absolutamente necesario un acceso físico a la red libre de censura. Claro que si dejamos que las bibliotecas sean financiadas por el capital privado, no he dicho nada.

– Infraestructura para la relación social.

La gente quiere verse, es así de caprichosa, y la biblioteca puede ser el mejor lugar para encontrarse fuera del espacio virtual porque dispone (esperemos) de salas de reunión con acceso a información, cafetería y unos profesionales siempre dispuestos a guiarnos por el proceloso mundo de los escollos infoxicativos. Los clubes de lectura o con cualquier otro cometido, los colectivos ciudadanos con necesidades de reunión e información, los grupos de estudiantes que germinarán en asociación, los pirados de los viajes, la cocina o las mariposas deben ser bienvenidos, se les debe ofrecer unos metros cuadrados con cierta privacidad y facilitarles la conexión al conocimiento tanto intelectual como instrumental (de herramientas para expresarse en Internet, por ejemplo)

– Un clásico (tantas veces ignorado): guía en la selección de lecturas.

Nuestros lectores son la savia de la biblioteca, lo que le da vida. ¿Por qué no ir más allá y pedirles que nos hagan crecer compartiendo entre ellos experiencias, opiniones, etc.  sobre sus lecturas ya no en un club presencial o virtual sino en una enorme y bien ordenada base de datos que nosotros construiremos para que encuentren fácilmente que opinan sus vecinos o los habitantes de Tampere (Finlandia) sobre la última ocurrencia de Paulo Coelho.

– Interactividad con el resto de las bibliotecas públicas.

¿Lo demandarán en realidad? Creo que sí, que será una fortaleza el compartir mucho más que bases de datos catalográficas y pasar a ser una red de contratación de teatros y autores, de información crítica sobre obras, un circuito inmenso de producción e instalación de exposiciones, etc. Por no hablar del conocimiento sobre los gustos de los usuarios ¿por qué no son hoy ya las bibliotecas las que confeccionan las listas de libros más exitosos?

– Sello de garantía.

La colaboración entre las células de ese gran cuerpo diseminado que son las bibliotecas públicas creará órganos y uno de ellos puede ser un Servicio de garantía sobre la información. Es decir, un sello de calidad sobre informaciones que corren hoy sueltas sin control sin que se detecten como bulos, mentiras, engaños… todo eso que se llama hoax o fakes, vamos.

– Experiencias “en directo”.

Ya lo he dicho, la gente es caprichosa y quiere contacto humano. El fetichismo de las exposiciones de objetos singulares, los encuentros con autor en vivo, los clubes de lectura, los talleres de escritura creativa, ¡acariciar un libro en papel! etc. seguirán necesitando una biblioteca y unos bibliotecarios.

– Atención especial a determinados colectivos.

Ojalá me equivoque pero veo venir que en 2029 seguirán siendo molestos y, por lo tanto ignorables, algunos colectivos como los de personas mayores, adolescentes, inmigrantes, parados… La biblioteca no les debe abandonar y tiene que prestarles un rincón donde conversar, leer, informarse y, en definitiva, facilitarle una vida más activa, una vía de integración o alguna ventana al futuro.

– Especialización en la memoria local.

El mundo es ancho pero no tiene por qué ser ajeno, todo lo contrario. Las bibliotecas físicas estarán ubicadas en alguna parte y deben territorializarse al máximo –tanto en sus contenidos como en la formación de sus profesionales- para sobreespecializarse en todo lo que es o ha sido la vida de su comunidad con especial atención a la vieja transmisión oral (antes de que comience a perderse definitivamente) o a la nueva y enmarañada selva de blogs, tweets y foros.

Lo dejo aquí por ahora, en un próximo capítulo hablaré de cómo las bibliotecas salvarán la democracia y a Louis Lane. O no.

Termilector

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Posted in: ThinkBlas