Big data: una bibliotecaria con los datos hasta el cuello

Posted on 18 de diciembre de 2012 por

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Big data: una bibliotecaria con los datos hasta el cuello

Hace ya unos meses leímos un artículo de The Futurist con el sugerente título de “La vida secreta de los datos”  y nos quedamos con la idea de que los bibliotecarios debíamos estar atentos a tres conceptos que van a definir el futuro: big data, geolocalización y señales emitidas por sensores. Brian David Johnson nos contaba en ese artículo que su trabajo es, precisamente, predecir qué puede suceder y por eso en 2010 empezaron a trabajar sobre 2020. Nuestro objetivo en Durga es 2029, pero nos interesa también lo anterior 😉

Aunque Steve Coffman nos dice sabia y repetidamente que los bibliotecarios no debemos olvidar a nuestro público local, nuestras colecciones tangibles y nuestro espacio físico en la biblioteca (aquí y aquí), creo que es saludable curiosear cómo otros van diseñando el mundo que nos rodea desde campos tangentes al nuestro y que tienen mucho que ver con el manejo y gestión de la información… vamos, igualico que nosotros, pero en cantidades ingentes, masivas y que solo con ordenadores y sesudos algoritmos puede analizarse.

Ciberrealismo
Hace unos días, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, tuvimos la suerte de contar con dos expertos en la materia y, para desaliento de los Durga, apenas había bibliotecarios entre el público; alguno más había como público virtual siguiendo la conferencia en streaming. El programa se titulaba “Ciberrealismo, más allá de la euforia digital” . Dos estudiosos de la imbricación de la red en nuestras vidas, como Evgeny Morozov (@evgenymorozov) y Siva Vaidhyanathan (@sivavaid), estuvieron en Madrid hablando de sus proyectos de investigación y respondiendo a las preguntas del público.

“Supervisores digitales, debate democrático y el futuro de la esfera pública” era la charla de Morozov, que exponía en público por primera vez y que cristalizará en el libro To Save Everything, click Here. Siva Vaidhyanathan experto en la “googlización” del mundo nos habló de “Conocimiento y dignidad en la era de los Big Data”.

Además de interesantes reflexiones sobre la esfera pública, la democracia, los partidos políticos y la capacidad creciente de control que supone la era de los big data, se habló de temas que solemos tratar los bibliotecarios. Vamos a contaros algo.

A tu vera, siempre a la verita tuya
Morozov y Siva son amigos y coinciden en muchas apreciaciones; por ejemplo en definir nuestra visión unitaria de la red o el “ciberespacio” como un mito -algo así como nuestra Reconquista- una manera de agrupar una realidad fragmentaria y desordenada basada en ideas preconcebidas. Eso también nos conduce a concebir los conceptos conectado/desconectado como opuestos, cuando son parte de nuestra propia realidad, de este mundo.

Siva nos recuerda que Google nos ofrece una visión reducida de la realidad, nos pone anteojeras; a lo largo de nuestras búsquedas le vamos enseñando al buscador qué nos interesa, qué preferimos y en búsquedas posteriores nos ofrece aquello que nos va a gustar, que coincide con nuestro punto de vista. La satisfacción inmediata hace que se cree una mayor dependencia, pero a la vez nos conduce a una visión sesgada y falta de perspectiva. Ese peligro de dependencia es algo que tenemos que tener en cuenta a la hora de informarnos y de comprender el mundo. Para enfrentarse a ello lo mejor es diversificar y consultar otras fuentes: amigos, expertos, otros buscadores, libros, la red social, la biblioteca. Claro que sí, Siva anima a la biblioteca a seguir compitiendo con Google; aunque no vayamos a ser los más rápidos, sí podremos ofrecer información más profunda, más adecuada, variada y de mayor calidad.

Porque lo que las grandes compañías como Google, Facebook  o Apple persiguen, más que ordenar la información y el conocimiento, es convertirse en el sistema operativo de nuestras vidas. Todo el proceso de digitalización de Google books no tenía como objetivo poner millones de libros a nuestra disposición, sino llegar a entender la frase, la oración, el arma más poderosa del pensamiento humano y, de esa forma, llegar a entendernos, o a una apariencia de que nos entiende.

Habitualmente, los usuarios no somos conscientes de que Google es una empresa porque no pagamos por su servicio más habitual, el buscador. Pero es que, además, no somos sus clientes, somos su producto, ¡somos el material con el que comercian! Son ya muchos años guardando información sobre nuestros gustos, nuestras necesidades, nuestros hábitos, nuestros intereses, nuestros anhelos y hasta nuestros sueños. Google persigue que el usuario no se de cuenta de que está entablando relación con una máquina y pretende conocernos mejor que nuestros amigos, mejor que nosotros mismos, hacerse imprescindible y darnos solo satisfacciones. ¿Quién puede resistirse?

¡El buscador ha muerto! ¡Viva Google!
Para 2020 Google espera no seguir en el negocio de las búsquedas, sino en el de enviar a cada usuario la información que necesite en función de lo que esté haciendo; veamos un ejemplo que nos puso Morozov, un poco adaptado: según mi costumbre cuando viaj0, saco el billete por Internet  pongamos que a Londres y, a partir de ese movimiento, ya no hará falta que busque; Google me enviará sugerencias de hoteles pequeños y acogedores porque sabe que odio las grandes cadenas, de taxis compartidos con los que ahorras un pico… me enviará las direcciones, horarios y fechas de las exposiciones temporales que haya en cartel mientras estoy allí y me indicará las más cercanas a mi hotel y a la sede de mi oficina en Londres, Google también sabe en qué compañía trabajo. Me sugerirá rutas alternativas para cada día porque sabe que me gusta ir andando y, además de recomendarme restaurantes orientales por la zona, me indicará los supermercados más cercanos porque sabe que soy rata de picnic y algunas comidas las haré en el parque… No se olvidará de marcarme los quioscos donde venden prensa española porque aún adoro las noticias en papel; me mandará información y horarios del cercanías a Salfords, donde vive mi colega favorito porque sabe que somos buenos amigos y hace ya  mucho que no nos vemos. Me mandará una lista de las tiendas más in para que vaya de escaparates y de las papelerías grandes porque me priva el material de oficina; por último me listará las librerías cercanas y los bares donde dan los mejores gintonics y quién sabe si algún otro inconfesable… Y toda esa información sobre mis costumbres, mis gustos, mis amistades y mis anhelos se la ido indicando yo misma a lo largo de años de búsquedas, años de viajes, de compras, de exposiciones, paseos y copichuelas.

Si a esas previsiones añadimos la proliferación de sensores podríamos completar la información que me llegaría a través de Google Glass, un proyecto  de realidad aumentada a través de las gafas que también sería de ayuda en mi periplo londinense al sumar la información exacta de mi ubicación. Google Glass es un proyecto en curso que se lanzará el año que viene como prototipo y que se espera llegue al usuario en 2014. Acceso geolocalizado a Internet superpuesto a la realidad circundante, manejado con comandos de voz, las manos libres. Te podrá decir, por ejemplo, las calorías de lo que vas a comer y la ración justa que te has de servir… como comentaba una tuitera en las Jornadas de Ciberrealismo, “¡yo no quiero que Google sepa cuánto peso!” ni lo que como, ni que me calcule las raciones, las calorías y la dieta ideal para mi edad, peso y hábitos de vida…

Añade un sensor a cualquier cosa y ¡voilá!  smart
Una combinación lujuriosa de geolocalización y sensores nos llevará al máximo control social. Lo smart está de moda, es lo más; si sumas un sensor a cualquier cosa, ya tienes algo smart, así de sencillo. Pero ambos prevén lo que viene detrás: si te niegas a poner un sensor en tu coche, por ejemplo, ¿qué tratas de ocultar? ¿acaso no conduces bien? ¿te saltas los semáforos o corres más de la cuenta? La presión social nos llevará a aceptar más y más sensores en nuestra vida cotidiana. Como el proyecto de los cubos inteligentes de basura del Reino Unido que fotografían el interior del cubo cada vez que abres y cierras la tapa, a ver lo que has tirado… ¿Y si me niego a usarlos? ¿qué tengo que ocultar? ¿no separo, no reciclo? ¡Ay, McCarthy!

Morozov predice que dentro de 10 años la conexión a la red será total; que empresas como Google se encargarán de repartir dispositivos y conexión gratis para seguir sabiendo de nosotros, para seguir siendo parte de nuestras vidas. Un futuro así solo tendería a acentuar las tendencias que acabamos de apuntar.

No matarás
El 5 de diciembre, mientras esperamos al periodista que viene a entrevistar a Siva, le preguntamos:
– ¿Crees que Google podría matarte por lo que escribes?
Amplia sonrisa…
– !No! matarte a ti no, pero puede matar tu negocio.

Dicha sentencia se revela dolorosamente cierta a través de un anuncio que aparece en El País (y suponemos que en la prensa europea) dos días después de nuestra charla: la compañía británica Street Maps anuncia que se hunde porque sus servicios dejan de aparecer en los primeros puestos del buscador de Google, que prioriza los resultados de Google Maps… A esto iba Siva cuando comentaba que era esencial más regulación de las actividades de Google en cuanto a la libre competencia y a un mayor control de la protección de la privacidad del usuario. La situación parece ser más razonable en Europa que en EE UU, pero aún así no es suficiente. Siva sugiere, por ejemplo, que no se pueda guardar registro de actividad de un usuario durante más de 24 meses…

Reflexiones de una bibliotecaria con los datos al cuello:
Si la acumulación masiva de datos ha conseguido cambiar la ciencia, ¿qué no hará con el trabajo bibliotecario? Como decía Siva, los ordenadores son más baratos que los laboratorios, según titular de Wired: ha llegado “El final de la ciencia” porque más no es simplemente más, más es diferente.

Siva es habitual en foros bibliotecarios; trata con bibliotecarios, cita a bibliotecarios en sus escritos, es amigo de bibliotecarios y ha escrito un libro titulado “El anarquista en la biblioteca”. Nos conoce, está acostumbrado a decirnos que el trabajo colosal de los bibliotecarios en los últimos tiempos ha sido utilizado por Google en el desarrollo de sus algoritmos de búsqueda. Veíamos que Google pretende que el usuario llegue a olvidarse de que está interactuando con una máquina. Y llegamos a pensar que lo que Google quiere es, justamente, convertirse en un bibliotecario; alguien humano, que te conoce, que sabe tus gustos, tus fobias y es capaz de recomendarte justo lo que necesitas; que te lo reserva sin que se lo pidas porque imagina que te va a gustar…

Lan larán larita, barro mi casita
Si Google lo consigue, ¿qué nos queda? ¿qué campo de acción fuera de lo local nos deja tan potente y ubicua competencia? Los bibliotecarios podemos seguir jugando a hacer búsquedas y labor de referencia, también a recomendar materiales a los usuarios, pero en la parcelita que nos permitan las grandes corporaciones. Por eso decíamos al principio que Coffman quizás no vaya  descaminado cuando nos recomienda volver los ojos a lo local, a lo próximo, a lo físico, a lo que ya tenemos y seguir construyendo la biblioteca pública a partir de eso. Parece que Google nos va ocupar, sí o sí, el espacio virtual, la zona digital.

Si seguimos reflexionando sobre el territorio de actuación clásico de los bibliotecarios y sumamos a esto el asunto de los límites a la propiedad intelectual que había conseguido la biblioteca en el mundo impreso (y que estamos perdiendo estrepitosamente en el mundo digital) nos situamos precisamente en terreno conocido: préstamos, acceso a la información, educación, búsquedas, referencia, recomendaciones.

En salvaje compañía
Ya en Jumilla comentamos que no conviene ser ingenuos y asumir que cuando se trata de cifras astronómicas de dinero, nadie se anda con bromas. Creo que los bibliotecarios estamos pisando el terreno que quiere para sí el capitalismo del siglo XXI, el capitalismo digital. Si Google y las otras grandes empresas de contenidos y servicios digitales llegan a cumplir su sueño de extender al máximo la interacción virtual del usuario con el mundo circundante y llegan a convertirse en el “sistema operativo de nuestras vidas”, los bibliotecarios tan solo podremos seguir jugando a las casitas en nuestra florida parcela local, y habrá que regarla.

Desde la biblioteca podemos ofrecer alternativas a la visión parcial de Google, informar, recurrir a otras fuentes, hacer ver lo que sucede, sobre todo a los jóvenes. Nosotros, quizás, despistamos a Google al hacer búsquedas para los demás. Seguro que tienen ya identificados los perfiles de bibliotecarios y documentalistas como intermediarios, caso aparte y difícil de digerir, ya que nos escondemos en el vestido de los intereses, aficiones, anhelos y sueños de nuestros usuarios. ¿Seremos nosotros un ejemplo a seguir? ¿Estaremos enseñándole a Google a ser un buen bibliotecario?

Visto el panorama, ¿qué tal si nos lanzamos entre todos a escribir una novela colectiva que trate de una bibliotecaria que se enfrenta a las grandes corporaciones creando un algoritmo colaborativo a través de una red bibliotecaria mundial? La bibliotecaria acaba siendo perseguida hasta la muerte… ¿o hasta la muerte de su negocio?

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