La encontraron muerta

Posted on 11 de noviembre de 2013 por

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Traducción de un post de Aaron Tay, The day library discovery died – 2035, que vimos gracias a Natalia Arroyo. 

Medio en broma medio en serio, experimento mental o cautelosa fábula sobre el destino de las herramientas de descubrimiento en las bibliotecas.

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Con un suspiro, Frank Murphy, director del sistema de bibliotecas de la Universidad Cambridge-Yale hizo un rápido gesto sobre su dispositivo y el sistema comenzó a cerrar la herramienta de descubrimiento de la biblioteca por última vez. O al menos eso pretendía, porque el dispositivo basado en la detección del movimiento, un descendiente lejano de Kinect, se negó a funcionar.

Con otro suspiro, Frank lo intentó de nuevo usando el sistema de reconocimiento de voz, más fiable, “Cierre del servidor de la herramienta de descubrimiento de la biblioteca”, ordenó, y esta vez se vio recompensado con una solicitud para confirmar.

“Sí, hazlo.”

Ya estaba. La Jefa del servicio de extensión bibliotecaria, Annie Watson, observando el procedimiento intervino: “Bueno, era inevitable, pero al menos lo intentamos.”

“Además así no tendremos que preocuparnos por el problema del año 2038”, agregó con cierta falta de tacto.

Frank no respondió. ¿Cuándo había empezado a ir mal todo? La cosa comenzó de manera muy prometedora, en la década de 2010. Después de años de disminución del número usuarios de los catálogos bibliotecarios, las bibliotecas se defendieron con herramientas web de descubrimiento.

El sistema Summon, el EDS (Dios los tenga en su gloria) y muchos otros que siguieron parecían ser la respuesta a la pregunta: “por qué comenzar usando la web de la biblioteca”. La implementación de interfaces modernas, a años luz de los catálogos usuales, diseñados para los usuarios y no para los bibliotecarios y, lo más importante, la capacidad de acabar con la estanqueidad de contenidos de la propia biblioteca, permitieron finalmente a las bibliotecas competir con los motores de búsqueda web utilizando tecnología y arquitecturas que imitaban al entonces gigante de tales búsquedas web, Google.

En ese momento, Frank, un joven bibliotecario de nuevos sistemas en la Universidad de Yale (antes de que las guerras MOOC de 2020 llevaran a la extinción de todas universidades del mundo, salvo las más destacadas) quedó tan impresionado que escribió con entusiasmo en su blog: “después del fallido intento de las búsquedas federadas y los Catálogos de nueva generación, las herramientas de descubrimiento son la respuesta. “

Para ser justos, Frank tenía motivos para ser optimista. Los usuarios estaban entusiasmados, el uso de los recursos electrónicos aumentó considerablemente y el futuro se presentaba brillante. El deterioro parecía haberse detenido.

Pero esto no duró mucho. Como las bibliotecas quedaron atrapadas por los compromisos con las compañías especializadas en tecnología bibliotecaria, las empresas de la web tomaron de nuevo la delantera y el uso de sus sistemas comenzó a decaer otra vez. Retrospectivamente, parece pura arrogancia que esas empresas especializadas, la mayor parte de las cuales peleaban entre ellas, pensaran que podían competir con la oferta de Apple, Google o Amazon, empresas que contaban cada una, sólo en la partida de ocio, con un presupuesto más grande que la suma de todos los ingresos de las compañías suministradoras de tecnología a la biblioteca.

Mientras los proveedores de las bibliotecas se dedicaban a pensar cómo diseñar interfaces de búsqueda que no resultasen diabólicos en los años 2010, las empresas tecnológicas ya estaban trabajando en reconocimiento de voz, agentes inteligentes, web semántica y más allá.

 La puntilla se la dieron ciertos bibliotecarios visionarios que pretendieron que la biblioteca tuviera un lugar en la mesa en la que se repartía el pastel de la información, formando parte del movimiento Linked Data, con lo que regalaron las enormes cantidades de metadatos que las bibliotecas habían elaborado y recolectado.

 De nada sirvió. Las querellas entre el Formato MARC y las RDA, la inercia y la incapacidad para colaborar dejaron a las bibliotecas fuera de la fiesta.

 Cuando las bibliotecas y sus proveedores quisieron darse cuenta era ya demasiado tarde. Una última maniobra desesperada de fusión entre Ebsco, Proquest y Gale para crear una superherramienta de búsqueda que fardaba de ser la única que combinaba contenidos y metadatos de prácticamente todos los proveedores de contenidos no hizo más que retrasar el inevitable final.

 La lógica de colocar la información allá donde se fijaban los ojos del internauta favoreció en principio a los grandes buscadores, y forzó a los proveedores de contenidos a añadir los suyos o entrar en decadencia; a largo plazo esta lógica llevó a colocar los contenidos en Google, Mendeley y otros servicios web a gran escala. Las disputas entre los proveedores de contenido y los proveedores de herramientas de descubrimiento llevaron entonces a la irónica situación de que se podía encontrar más contenido en Google -y sus primos- que usando las herramientas de descubrimiento.

  Aún hoy muchas bibliotecas publican sus contenidos aprovechando sistemas web comerciales herederos del protocolo de URL’s abiertas y encima pretenden estar ofreciendo una experiencia de descubrimiento superior a la de los motores de búsqueda.

Mientras aún existió un cierto movimiento de resistencia que podría indicar que eran mejores ciertos servicios especializados de búsqueda  y que algunas bibliotecas todavía mantenían esos misteriosos sistemas, en el 99% de los casos los motores de búsqueda fueron claramente superiores, especialmente en determinar lo que se buscaba casi antes de hacerlo. Las bibliotecas, que se veían atenazadas por la necesidad de respetar la privacidad, no podían competir, incluso disponiendo de la tecnología adecuada. Aún así lo intentaron, mediante la analítica pedagógica y la gamificación.

La respuesta de los bibliotecarios especialistas en TICs fue sorprendente. Hacia 2020, la mayoría reconocieron que la alfabetización informacional no consistía en enseñar a usar herramientas, o incluso en encontrar las fuentes, y muchos abandonaron el debate  que no los salvaría en este largo camino, aunque  esa es otra historia para el futuro…

Mientras la mayoría de las bibliotecas académicas sobre 2010 se metieron en el berenjenal de las herramientas de descubrimiento, otras vieron las orejas al lobo antes y emprendieron el camino de “ proporcionar  y no descubrir”, decidiendo  abandonar  un campo de batalla que, como la propia historia certificaría, habían perdido de antemano; centrándose en proporcionar contenidos y dejando el descubrimiento fuera de los muros de la biblioteca, ya que éste estaba teniendo lugar, simultáneamente, en todas partes.

Muchos de los interlocutores calificaron esta decisión como “derrotista”, dado que implicaba retroceder a ese concepto primario de almacén que la biblioteca tenía en tiempos y ello pese al esfuerzo realizado en digitalizar las colecciones especiales y hacerlas accesibles en cualquier momento y desde cualquier lugar.

Finalmente, esas últimas semillas de la derrota de la biblioteca como lugar de descubrimiento, fueron plantadas por los propios bibliotecarios, pero en una dirección completamente opuesta.  Hacia 2030, y para su sorpresa, el Open Access se erigió en norma (la historia de cómo sucedió es larga y prolija para ser contada aquí) ; alcanzando una media del 75% en las publicaciones académicas y casi el 100% en áreas como las ciencias de la vida.

Los pensamientos de Frank fueron interrumpidos por un molesto soniquete “Frank, te recuerdo que tu próxima cita es dentro de 30 minutos y tienes que prepararte la reunión: tu presentación no está completa”, interrumpió Annie. “Además tampoco estaría de más que añadieras una justificación de por qué has asignado un presupuesto tan alto al personal humano, cuando todo el mundo sabe que los agentes inteligentes como yo damos un servicio mejor y más barato en la mayoría de los puestos de la biblioteca” añadió con notable petulancia.

Frank volvió a suspirar; ya casi ni se daba cuenta de que Annie no era una persona. Cada día parecían más humanos esos “agentes inteligentes” y , desde luego, más capaces y preparados. Él mismo era de los pocos humanos que trabajaba en la biblioteca, apenas una docena, y estaba convencido de que irían a menos con el paso del tiempo. Últimamente ya solo soñaba con que llegara la jubilación.

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Estoy convencido de que las búsquedas y las herramientas de descubrimiento son el eje de la cuestión “para qué sirven las bibliotecas”; con este breve relato lo que pretendo es provocar dabate, no dar un pronóstico de futuro. Para escribirlo me he inspiradoen los siguientes ensayos:

Coda : Después de colgar este post he ido leyendo ideas similares en otros posts, por ejemplo

Las reacciones a mi relato han ido desde “esto es demasiado exagerado” hasta “esto no es suficiente, seguro que llegará mucho antes de 2035″. Otro comentario iba sobre que esto se podría referir más bien al fin de las búsquedas bibliotecarias, no al descubrimiento per se.  También ha habido propuestas sobre cómo evitar que nos suceda algo así en el futuro, recomendando que “aprovechemos la ventaja del buen conocimiento que tenemos de los usuarios de nuestra comunidad para crear una porción “personalizada” dentro del pastel de las herramientas de descubrimiento”. No puedo estar más de acuerdo con esta propuesta, pero me pregunto si las bibliotecas,  una a una, van a poder hacerse cargo de esas labores de personalización cuando tradicionalmente no han sido ellas las encargadas de ofrecer experiencias online personalizadas.

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Posted in: Caña, Drink-Tank, Humor